No nos gusta nada el cambio. Algo diferente nos asusta. Una nueva relación, un nuevo trabajo o reto, una ruta que no es la de siempre, el cambio de casa, de estado civil, de barrio, etc., generalmente nos cuesta y aún cuando sabemos que es necesario o que nos irá mucho mejor que en la situación actual, nos acobarda enfrentarlo y lo vamos posponiendo, escondiendo la cabeza cual avestruz. Y en el caso de que nos venga dado, como ocurre con una enfermedad, separación, despido, desahucio o pérdida, nos aferramos a la negación, queja o culpa y la ansiedad, temor o depresión que sentimos nos inmoviliza.

Si hay algo seguro en esta vida es el cambio. La base misma de todo el mundo material, incluido el ser humano, es energía en constante movimiento y transformación, aunque la apariencia externa sea de quietud.

Y como nos resistimos al cambio, pretendemos que todos y todo lo hagan por nosotros. Queremos que cambien nuestra pareja, nuestros padres, nuestros hijos, el gobierno, la situación económica, el clima, que nos cambien de jefe y se mude el ruidoso vecino de arriba. Estamos seguros de que si todos y todo cambiara, no tendríamos problemas y viviríamos felices para siempre.

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Es simplemente imposible. Nadie puede convencer ni forzar a otro para que cambie. Podrá pretenderlo y amenazarlo o castigarlo para que haga o deje de hacer algo, pero ello no conlleva el cambio de la persona: en cuanto desaparezca el peligro o la amenaza, será como es, o peor. (Véase como ejemplo el sistema penitenciario o cualquier régimen dictatorial).
La «puerta» del cambio solo puede abrirse por dentro. Por eso nunca podrán cambiarse definitivamente comportamientos, que son efectos, si no los ha precedido un cambio de creencias y paradigmas, las verdaderas causas. Por muchas promesas o fuerza de voluntad que se le ponga.

La actual crisis socio-económica que estamos viviendo sirve de ejemplo al respecto. Cambio, mutación, momento decisivo son términos para definir la palabra, y no solamente para referirse a una situación complicada o dificultosa. Por eso, hablar de crisis, en principio, no tiene por que tener un cariz negativo, siempre que se tome conciencia de que se está ante un momento de cambio, de transformación personal, familiar, cultural, laboral, económica, política o social; se acepte como punto de partida y, antes de mover ficha, se haga una profunda reflexión sobre las causas que han llevado a dicha situación.

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Si las creencias, el modelo mental que conforma la escala de valores, sentimientos y comportamientos sigue siendo el mismo, y por tanto el filtro de percepción tampoco cambia, hagamos lo que hagamos, los resultados serán idénticos. Y seremos unos locos si pretendemos lo contrario, pues, como bien definió Einstein, locura es pretender resultados diferentes haciendo, siempre lo mismo.

Todo cambio es una oportunidad de volver a empezar. Aprender del pasado y adoptar un nuevo paradigma en el que las creencias se correspondan con nuestra grandeza, libertad de elección, poder creativo y apoyo amigable de las fuerzas universales. Abrir el pomo y atravesar esa «puerta» al cambio con confianza, ilusión y entrega, hacia la totalidad de las posibilidades.
Ana Novo

Autora del libro 
«Elige tu vida ¡Ahora!»

4 Comentarios

  1. La costumbre se hace mas fuerte…los cambios asustan y a veces paralizan los objectivos que se quieren alcanzar! Pero es en ese momento que viene el rol de la adrelina…vences el miedo cuando se llega a un tope en el cual el subconsciente automáticamente te dice…hazlo de una vez o te quedas como del montón.

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