Hay personas que tienen miedo a ser independiente y que desean, inconscientemente, ser atendidas, cuidadas y mimadas por otras personas.

Descrito por primera vez por Colette Dowling, el complejo de Cenicienta se basa en la idea de la feminidad que retrata este cuento. Cenicienta es una mujer hermosa, elegante, educada y trabajadora que es criticada y explotada por sus hermanas y su madrasta.

Sin embargo, Cenicienta, no es capaz de cambiar su situación por sus propios medios, por lo que tiene que ser ayudada por una fuerza exterior, en este caso el Príncipe.

Es probable que estés pensando que este guión se repite en la mayor parte de los cuentos de hadas clásicos y en los de Disney en particular. Lo cierto es que, tristemente, esto es así.

Aunque hemos superado muchos de los tabúes de antaño, aún se conserva en la mente colectiva un resquicio de ese complejo de inferioridad que nos hace esperar al “príncipe azul”, a alguien que nos cuide, nos proteja y nos haga sentir seguridad.

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Como consecuencia, crecemos adoctrinados por una educación que aprueba el sometimiento y la dependencia de las mujeres hasta tal punto que coartan su autonomía y su capacidad de sentirse personas válidas.

Así, parece que vivimos en un mundo lleno de peligros de los que tenemos que ser protegidos y salvaguardados, lo que fomenta que haya personas que se bloqueen y vivan esperando que algo o alguien les dé un meneo a su vida.

El anhelo del rescate

Es frecuente que fantaseemos con el rescate o, dicho de otra forma, con la salvación. Pero, eso sí, si la liberación viene a galope y tiene sangre azul, mucho mejor.

Desde la más tierna infancia nos hemos creado la odiosa expectativa de que todo cambio proviene de fuera y que es difícil que logremos hacer algo diferente por nosotros mismos.

De todas formas, el complejo de Cenicienta no se encuentra en exclusiva entre las mujeres, pues, como todos sabemos, también está muy presente en hombres.

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Me da lo mismo que el complejo de Cenicienta ponga como excusa una feminidad insustancial de “muñecas de porcelana”. Hay muchos hombres que esperan que alguien les rescate, que saquen sus castañas del fuego y que hagan algo por ellos y su bienestar.

Al fin y al cabo, da igual el género del que hablemos, lo verdaderamente importante es que las personas con miedo a la independencia abundan y que nadie nos muestra herramientas para hacer frente a esto.

Un ser independiente no nace, se hace
Aprendí que el valor no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. El hombre valiente no es aquel que no siente miedo, sino el que conquista ese miedo. Nelson Mandela

Lo cierto es que tendemos, con frecuencia y demasiado rápido, a perder nuestra identidad. Generalmente, somos personas independientes, con objetivos y con aficiones hasta que empezamos una relación.

Cuando comenzamos un nuevo idilio solemos dejar de lado lo que nos definía y empezamos a ver el mundo desde un prisma conjunto, lo cual merma nuestra individualidad.

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Esto nos suele suceder con mayor frecuencia a las mujeres, dejamos de ser fieles a nosotras mismas y nos olvidamos de volar.

Ser independientes es lo ideal, pues te deja tomar tus propias decisiones y plantearte tus propios objetivos. Tenemos que tener siempre muy presente que la necesidad de estar dentro de la jaula la creamos nosotros mismos, al igual que la sensación de libertad emocional.

Entonces, ¿de quién depende tu felicidad y tu destino? La responsabilidad es tuya. Cada mañana, cuando abras los ojos, piensa si lo que quieres es vivir tu día con la tristeza a modo de gorro invernal o, por el contrario, prefieres refrescar tus emociones y hacerlas propias.

La clave está en dejar de compararnos, en crecer por y para nosotros y en creer en lo que nos hace sentir. Los límites emocionales que establezcas en tu vida dependen de ti en exclusiva.

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