La anorexia está caracterizada por un rechazo a la madre y por su parte femenina. Las personas que la padecen tienen una gran necesidad de volver a aprender a vivir y de darse el derecho de ser una mujer, en lugar de evadirse. De hecho, se va fácilmente a su mundo imaginario, ya que preferiría vivir en el más allá. Ya no le gusta comer porque ha cerrado la puerta a su deseo de vivir y actuar.
A menudo, son demasiado perfeccionistas, con baja autoestima y excesivamente críticas consigo mismo y sus cuerpos, así como sentir emociones y actitudes extremas. Es corriente que dichas personas se encuentren en exceso obesas, aunque estén al límite de la inanición o desnutrición con graves repercusiones para su bienestar.
La anorexia es la desgana total por todo lo que vivo en mí y que puede entrar en mi cuerpo «feo» para alimentarlo. Este sentimiento puede incluso transformarse en odio.
- Vivo en desánimo hasta tal punto que me pregunto lo que podría ayudarme.
- Tengo el deseo inconsciente de “desaparecer” para molestar lo menos posible a mi entorno.
- Vivo una contrariedad que es reciente con relación a alguien o a algo que no puedo evitar y que no digiero.
La anorexia y la obesidad vienen de un sentimiento profundo insatisfecho de amor y de afecto, aunque las dos disfunciónes toman físicamente caminos divergentes. Varios trastornos de la alimentación descansan sobre la relación madre – hijo en la cual existe o existió un conflicto. Además, se trata muy a menudo de una contrariedad en cuanto a mi territorio que tengo la sensación de no tener, de perder o bien de que no me lo respetan. Este territorio puede estar constituido tanto por mis posesiones físicas (vestidos, juguetes, coche, casa, etc.) como por mis posesiones no físicas (mis derechos, mis adquiridos, mis necesidades, etc.) o de las personas que me rodean (mi padre, mi madre, mis amigos, mi marido, etc.).
Aunque la anorexia se halle más frecuentemente en la adolescencia, ésta existe también en el bebé y en el niño joven. Si me pongo en el lugar del bebé, si me doy cuenta que el rechazo de la comida puede derivar de un contacto perturbado entre mi madre y yo: puede ser la privación del pecho materno y del cálido ambiente físico que deberían acompañar la toma de la leche, el modo artificial de alimentación, dosificada y demasiado rígida en su aplicación, la sobre o subalimentación impuesta por respeto a una curva de peso ideal con desprecio de ciertos ritmos alimentarios individuales cambiantes. Puedo reaccionar a esto con un rechazo progresivo de alimentarme, vómitos, pérdida de peso, trastornos del sueño, caprichos alimentarios, etc. Es importante que yo, como madre, respete los gustos, los ritmos propios del niño y que deje de querer ser la madre perfecta y superprotectora.
Si soy un niño un poco más mayor y que manifiesto anorexia, suele ser más atenuada y se caracteriza por un “pequeño apetito”, con caprichos alimentarios, con rehúso obstinado de ciertos alimentos, acabando rara vez mi plato, vomitando frecuentemente y masticando sin fin el mismo bocado. A esta edad, la mesa y sus imperativos sociales juegan un papel importante, porque las comidas son una reunión familiar bajo la autoridad de los padres en la cual pueden brotar reacciones y conflictos.
La anorexia es fundamentalmente mi necesidad de colmar un vacío interior de alimento afectivo. Necesito amor y aceptación incondicional de mi madre interior. Es el intento de hacer morir de hambre mi vacío interior para hacerlo tan pequeño que desaparecerá y que ya no pedirá nada en absoluto. Es uno de los motivos por los cuales sigo viéndome gordo (fijación mental sobre la gordura) incluso si soy delgado y esbelto. Dicho de otro modo, sigo viendo mis necesidades afectivas y emocionales muy grandes y me siento vencido por ellas.
Vivo pues el sentimiento de estar fuera de mi propio control con relación a los acontecimientos e intento de un modo exagerado recuperar el control.
“No me gusta el modo en que mi madre me ama y la detesto por esto”
“Quiero seguir siendo una muchacha o un muchacho porque quiero acercarme lo más posible de una forma de “pureza” física e interior”.
Rechazo las fases del amores correspondientes a mi edad, así que cualquier intento de intimidad del amor, descubrimiento y abandono hacía una eventual pareja (ausencia de madurez) son casi inútiles. Si vivo todo esto de un modo profundo, frecuentemente está vinculado a un traumatismo del amor pasado, a un pasarse de la raya o a una inseguridad afectiva. Esta experiencia favoreció el hecho que se instalara en mi cuerpo físico la desesperación y “cerré la puerta” a mis deseos físicos, espirituales y emocionales.
¿QUÉ HACER?
Debes cambiar cuanto antes la percepción que tienes de tu madre. Ella ha hecho siempre lo mejor que ha podido y tiene derecho a tener sus miedos y sus limitaciones, como cualquier ser humano. Es posible que te haya decepcionado en un momento dado, cuando eras pequeña, pero lo que te hace sufrir es tu percepción de los acontecimientos y no los acontecimientos mismos.
Si aceptas a tu madre y su manera de nutrirte afectivamente, aprenderás a aceptar a la mujer que hay en ti, tu feminidad, tu lado intuitivo y emotivo y recuperarás así el gusto por la vida y por los alimentos.