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Conciencia Animalista

La necesidad más agradable

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Convivir con un animal puede ser toda una lección agradable de vida. Con su alegría e incondicionalidad no solo hacen compañía y refuerzan la autoestima sino que ayudan a sentirse relajado y a abrirse a los demás.

Los animales domésticos pueden dar a las personas mucho más de lo que se suele pensar. Su sola presencia, su compañía, es ya un regalo que quienes han convivido con un animal conocen bien. No solo saben estar, quedarse un rato con alguien simplemente por permanecer ahí, sino que son capaces de comunicarse a un nivel instintivo y emocional para el que no se requieren palabras y que puede resultar muy terapéutico.

Además de ofrecer compañía, generar mimos y transmitir alegría, muchos de ellos tienen la habilidad de hacer que las personas se sientan queridas y necesarias, a la vez que les invitan a desarrollar su capacidad de dar. Y es que con ellos resulta a veces más fácil expresar el cariño que con las personas y se aprende a abrirse a otros seres vivos de forma tranquila y desinteresada.

«El contacto con un animal y la interacción con él provee beneficios terapéuticos que van desde el alargamiento de la expectativa de vida hasta la reducción del estrés y de la presión sanguínea. De hecho, los pacientes deprimidos vuelven a sonreír, se estimula a las personas que tienen timidez patológica y se ayuda a controlarse a las personas con un trastorno de control de los impulsos»

A continuación te traemos una bella historia que describe ese amor por los animales escrita por Fred Wilbelms:

Una vez al día, por lo menos, nuestro viejo gato negro se acerca a alguno de nosotros de alguna manera que todos entendemos como un pedido especial.

No significa que quiera que lo alimenten o lo dejen salir, o algo así. Su necesidad es de otra índole.

Si hay un regazo a mano, salta y se instala en él, si no, es muy probable que se quede parado, con la mirada añorante hasta que alguien le ofrece uno. Una vez allí, empieza a vibrar casi antes de que uno le toque el lomo, le acaricie el hocico y le diga una y otra vez “qué lindo gatito es”.

Entonces su motor, se pone en marcha, se retuerce para ponerse cómodo “agranda las manos”.

Cada tanto uno de sus ronroneos, se descontrola y se convierte en un ronquido.

Lo mira a uno con los ojos abiertos de adoración y hace ese parpadeo lento y largo de confianza absoluta que tienen los gatos.

Después de un rato, poco a poco se serena. Si siente que todo está bien, es posible que se acurruque en el regazo para hacer una apacible siesta. Pero también es probable que salte y desaparezca para ocuparse de sus cosas.

Sea como fuere él está bien.

Nuestra hija lo dice de una manera muy simple: “Blackie necesita que lo mimen”.

En casa, no es el único que tiene esa necesidad, yo la comparto, igual que mi mujer. Sabemos que la necesidad no es exclusiva de ningún grupo de edad.

No obstante como además de padre, soy docente, lo asocio en especial a los jóvenes, con su necesidad raída e impulsiva de un abrazo, una palmada calurosa, una mano tendida, una manta arrebujada, no porque pase algo malo, no porque sea necesario hacer algo, sólo porque son así.

Hay muchísimas cosas que me gustaría hacer por todos los niños.

Si pudiera hacer sólo una, sería esta: garantizar a cada niño en todas partes, por lo menos unos buenos mimos todos los días.

Los chicos como los gatos, necesitan un tiempo de mimos…

Por Fred Wilbelms – Canfield-Hansen

3 Comments

  1. Silvia

    10/01/2016 at 03:05

    muy lindo. yo lo hago extensivo a los no tan chicos, también. 🙂

  2. Silvia

    10/01/2016 at 03:06

    Muy lindo 🙂 yo lo hago extensivo a los “no tan chicos” también… 🙂

  3. Miriam Noemi Mocci

    Miriam Noemi Mocci

    23/11/2016 at 12:13

    Es Real!!

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